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Opinion

¿Adiós a los traidores?

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Carta abierta a la militancia de cualquier partido político

Por: Pepe Cureño

Querido militante, espero te encuentres muy bien y que la pandemia te permita tener salud a ti y a los tuyos, como sabrás, en el Estado de México están próximas las elecciones del 2021, hoy te invito a que juntos meditemos sobre un problema que transgrede todos los partidos políticos de México, que es la traición o deslealtad, para ello, te pido respondas a la siguiente pregunta: ¿De quién ha sido la culpa de que las y los traidores del partido que sean sigan haciendo de las suyas cada elección? Pues de nosotros mismos, que hemos permitido que la impunidad siga corroyendo nuestro régimen político y a su vez la supuesta normalización de la traición política no es más que el reflejo del actuar de la clase política imperante, es decir, algunos autores sustentan que la militancia solamente es el símil inconsciente de sus dirigentes.

En ese mismo sentido de ideas quiero recalcar el hecho de que las y los dirigentes se espantan, dan golpes de pecho y molestan con el actuar de la militancia, la cual solamente actúa en imagen y semejanza de quién los guía, por eso, cuando hacen un señalamiento sobre que aquel o aquella es un traidor debieran de pensar en que posiblemente ellos mismos fueron quienes lo engendraron, sino de facto también por omisión. Es tiempo de poner las barbas a remojar, para no echar culpas y asimilar responsabilidades.

La iglesia católica menciona que existen los pecados de omisión, estos son aquellos que están relacionados con la evasión de una cierta responsabilidad moral, en otras palabras, son aquellos que no hacemos pero permitimos que pasen, ejemplo de ello es la aseveración de que el mal actúa mientras el bien lo permite; En correlación con lo antes mencionado muchas veces, esta militancia “traicionera” se generó como réplica aprendida a menor escala de las distintas ocasiones que se pasó por alto impunemente las grandilocuentes felonías de nuestros líderes en aras de la unidad partidista, en otras circunstancias por evitarse problemas y muchas otras tantas por complicidad, en cualquiera de las antes mencionadas hay corresponsabilidad por parte de las y los involucrados.

Para poder ganar en política se dice que se debe de desayunar con Dios y cenar con el diablo, no obstante ello, el “perdonar” tan fácilmente a los traidores pudiera ser un error garrafal, porque quién traiciona una vez, traiciona siempre, eso dice la sabiduría popular. Hoy, la alta política exige no sembrar odio y rencor, sin embargo, la naturaleza del contexto caótico en el que estamos inmersos demanda realizar un cambio radical en el pragmatismo político antiético con el que se han realizado las votaciones y el quehacer político.

Mi visión de la política pudiera ser tachada de cursi y utópica, tal vez así lo sea, pero si no queremos condenarnos a vivir historias sin fin de venganzas políticas, de traiciones consuetudinarias y cínicas debemos de romper el molde a la brevedad posible, esto no va a ser sencillo ni fácil, empero, la política no debe de ser engendradora de putrefacción social, al contrario debe ser creadora de mejores ciudadanas y ciudadanos.

No pretendo con estas líneas esparcir la animadversión y el encono contra aquellas y aquellos que un día decidieron traicionar a sus correligionarios (ojo a quien lo hizo abiertamente mi respeto, ese no es traidor, nadie está obligado a militar por siempre en un instituto político) por buscar un beneficio personal a escondidas y expensas de sus compañeros y amigos, pero lo que si acometo es a incitar a la reflexión sobre ¿qué estamos haciendo mal y en qué podemos ser mejores para no ser cómplices de la traición? Al final y como dijera el gran tocayo Pepe Mújica: “En mi jardín hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me impuso la vida, que el odio termina estupidizando”… no nos volvamos rehenes del resentimiento pero tampoco esclavos de la condescendencia encubridora de las y los traicioneros.

¡Nos leemos pronto!

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